agosto 10, 2018

De Fe y Alegría No. 32 a Georgetown University

Lucía Chuquillanqui es una fuerza de la naturaleza. Pasa sólo dos horas con ella y será fácil entender cómo ha llevado una vida tan extraordinaria con tan solo 26 años de edad. Pero a pesar de lo que algunos pueden percibir como un cuento de hadas, desde sus días en Fe y Alegría No. 32 en San Juan de Lurigancho, Perú hasta sus logros más recientes en Georgetown University en Washington, D.C., Lucía tiene claro el papel que el trabajo duro y la educación han jugado en su vida. “La educación inclusiva y de calidad me ha dado oportunidades que ni siquiera yo pensaba tener”, nos cuenta.

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En muchos sentidos, San Juan de Lurigancho es como cualquier otro barrio en las afueras de Lima, Perú. Los niños caminan por un camino de tierra por el cerro para poder llegar a la escuela. Los vecinos sobreviven días intermitentes sin electricidad ni agua. Pero para Lucía Chuquillanqui, éste es su hogar.

Los recuerdos de su niñez son muy parecidos a los de muchos y muchas que crecen en comunidades marginadas y vulnerables en América Latina. Sin embargo, a pesar de estos desafíos, los recuerdos de Lucía están llenos de admiración por la gente trabajadora de su barrio y de agradecimiento hacia el trabajo de Fe y Alegría.  “Tal vez suene muy romántico y súper cliché pero recordando mi niñez, caminando hacia el cerro donde está el Fe y Alegría No. 32, jamás me hubiera imaginado que todo esto fuera posible para mí”.

[Recuerdos de Lucía de Fe y Alegría No. 32]

Su primer encuentro con Fe y Alegría, cuando apenas iniciaba tercero de primaria, fue un poco chocante.

“Habían estudiantes que estaban muy preocupados por sus notas y habían otros preocupados por los deportes o por los talleres, y yo nunca había sentido eso antes. Entonces, fue un cambio duro al inicio porque estaba fuera de mi zona de confort y tuve que aprender que allí me tenía que esforzar más para poder seguir siendo buena alumna”, explica Lucía.

Pero fue su padre, quien también estudió en una escuela Fe y Alegría de la zona –-Fe y Alegría No. 5- quien insistió en que ella y su hermano estudiasen en Fe y Alegría No. 32 en San Juan de Lurigancho. “Él estaba convencido de que era la mejor opción que mi hermano y yo podíamos tener en el barrio; que es un barrio complejo, lleno de violencia, con muchas, muchas brechas económicas pero al mismo tiempo un barrio con gente con muchas ganas de ser mejores”, afirma Lucía.

Después de superar su conmoción inicial sorprendida por las diferencias entre su vieja escuela y esta nueva escuela, donde la infraestructura, la dedicación del profesorado, y la capacidad y competencia entre los estudiantes, ella comenzó a sentirse como en casa y comenzó una relación de por vida con Fe y Alegría que continúa hasta el día de hoy.

Fe y Alegría No. 32 no sólo la preparó académicamente durante la primaria y la secundaria, sino que también le abrió las puertas a la posibilidad de asistir a la universidad a través de un programa de becas en la Universidad Jesuita Antonio Ruiz de Montoya. “La Universidad Ruiz de Montoya ofrecía ocho becas para más de 60 colegios. Yo quedé en el puesto ocho; conseguí la última beca. Iba a estudiar Ciencias Políticas”, comenta con orgullo merecido Lucía. “Entramos dos personas de Fe y Alegría 32, lo que era muy bueno porque era una muestra de que mi colegio estaba haciendo muy bien las cosas”.

[Lucía y sus compañeros/as de Fe y Alegría No. 32]

Su tiempo en la Ruiz de Montoya fue diferente a su paso por Fe y Alegría, pero al mismo tiempo fue un tiempo en el que Fe y Alegría estuvo siempre muy presente. “Al ingresar a la Universidad era muy claro que los que nos agrupábamos éramos la gente que conoce al barrio –diferentes barrios pero que al final todos los barrios son el mismo– y andábamos como en manada todos los estudiantes de las distintas Fe y Alegría”, comenta Chuqui. “Al principio hubo un proceso complejo de adaptación a esta nueva realidad y nuevas personas porque un día estábamos en San Juan de Lurigancho y al día siguiente estábamos en Pueblo Libre (una zona de clase media), y el cambio fue bastante drástico pero también interesante y la universidad estableció caminos para nuestra adaptación”.

La presencia de Fe y Alegría en la vida de Lucía se hizo sentir mucho más cuando la red de universidades jesuitas estableció un acuerdo en el que los estudiantes becados en cualquier universidad jesuita podían optar a hacer un semestre en otra universidad jesuita en cualquier parte del mundo sin costo alguno, excepto los gastos de manutención. “Yo tenía una beca completa y, junto a otra compañera de Fe y Alegría 37, Jennifer Ponce, solicité a la Ruiz de Montoya hacer un semestre en la Universidad Iberoamericana de México y fuimos las primeras en hacer el intercambio”, cuenta Lucía. A pesar de haber sido aceptadas para el intercambio, Lucía y Jennifer se encontraron algunos percances en su camino. Por un lado, el miedo y el prejuicio de que dos mujeres viajaran y vivieran solas en otro país y, por el otro, cómo costear los gastos de manutención durante su estadía en México. Fe y Alegría fue la respuesta a ambos problemas. “Jennifer y yo decidimos buscar a Fe y Alegría y lo hicimos de la manera más espontánea posible; se lo contamos al Padre Jesús Herrera y él nos dio la opción de ser nuestro aval y apoyarnos para la obtención de la visa de estudiante. Y no sólo eso, también nos contactó con una amiga de él para que nos hospedara y nos puso en contacto con una familia para que nos cubrieran la alimentación por seis meses. Entonces, pasamos de no tener nada, ni el ticket de avión, a tener todo esto. Y creo que eso marcó parte de nuestra identidad como ciudadanas y de cómo Fe y Alegría es parte de nosotras.”

[Lucía en Fe y Alegría No. 32]

Animada por su padre sobre la importancia de aprender inglés para su vida académica y profesional, Lucía aplicó por una beca para poder estudiar el idioma. “Estudié por tres años, desde los 14 hasta los 16 años, todas las mañanas desde las 7:00am hasta las 8:30am y creo que eso fue también un punto clave para la búsqueda de empleo.”

Su primer empleo fue como pasante en la biblioteca de su universidad para cumplir con las horas requeridas para su graduación. También trabajó como asistente en el Ministerio de Educación, y después en la Municipalidad de Lima en el Instituto de Planificación. Debido a su interés por les medios, estuvo empleada en una revista llamada Etiqueta Negra y de allí pasó a trabajar en World Wildlife Fund, donde continúa trabajando. “Es uno de los mejores trabajos que he tenido porque es una organización internacional que valora mucho la diversidad dentro de su equipo, no sólo incluyendo a mujeres pero también a personas con perspectivas diferentes para sus proyectos y esto ha sido lo más interesante”, añade Lucía. “Y yo creo que nada de esto hubiera sido posible de no haber tenido la formación que tuve en Fe y Alegría, en la universidad, mi formación en inglés así como mi búsqueda constante de aprender más”.

Y fue precisamente este deseo de continuar aprendiendo lo que trajo a Lucía a los Estados Unidos a través del Programa Profesional de Pasantías (Professional Fellows Program) de la Oficina De Asuntos Educativos y Culturales del Departamento de Estado de los Estados Unidos donde se enfoca en temas ambientales. Tras su paso por el programa y alentada por el mismo gobierno estadounidense, Lucía postuló al Opportunity Funds de EducationUSA, un proyecto que busca dar opciones a profesionales que, a pesar de tener los conocimientos, no tienen los recursos económicos necesarios para aplicar a postgrados en universidades estadounidenses. “El programa de Opportunity Funds, apareció como una solución y como una oportunidad, ya que hay una gran brecha económica muy grande porque el costo de preparación para estos exámenes [TOEFL, GRE] es alto, presentar los exámenes es caro y solicitar a las universidades aún más y es por eso que es necesario tratar de estabilizar el equilibrio y ampliar las opciones para las personas que provienen de realidades como la mía. Todas las cartas que escribo para aplicar a las universidades las empiezo diciendo que vengo de un barrio que se llama San Juan de Lurigancho y hablo del modelo educativo de Fe y Alegría. Y no lo utilizo como un gancho de marketing, sino para contextualizarles sobre la importancia de que sigo intentando tener una educación de mucha calidad y que la brecha que más tengo, mi límite, es la falta de recursos económicos”, comenta Lucía.

Sin saber cuáles serían los resultados de todas sus aplicaciones a los programas de Maestría en los EE.UU., y en su búsqueda de oportunidades para continuar expandiendo su experiencia y conocimientos, Lucía comenzó a idear un Plan B. La solución llegó a través del programa de líderes de competitividad global, GCL (Global Competitiveness Leadership), de Georgetown University, con una duración de 10 semanas y en el que participan 34 jóvenes líderes de 19 países de América Latina quienes deben presentar desarrollar un proyecto que beneficie a sus países de origen y  que deben implementar en el mismo. El programa está valorado en $25.000 USD, que es cubierto por un donante, pero además los y las aplicantes deben demostrar acceso a al menos $2.000 USD para costear su estancia en el país. Los $2.000 USD los conseguiría a través de una campaña de crowdfunding, pero el coste del programa sería cubierto por un donante. “En la entrevista con el donante uno de los temas [de los que hablamos] fue Fe y Alegría, que a veces yo asumo que todo el mundo sabe qué es Fe y Alegría y su modelo educativo pero a veces resulta que no pero todos deberían conocerlo. Y yo creo que eso le interesó, él conocía Fe y Alegría y había estado involucrado antes y también conocía mi universidad; entonces sentí que era una manera más sencilla de explicarle quién soy y de dónde vengo, cuál es mi identidad y cómo mi perspectiva es importante en este tipo de proyectos”. Sin embargo, después de esta entrevista Lucía todavía no sabía si obtendría un lugar en el programa y la beca. Aún tenía que pasar por otra ronda de entrevistas, esta vez con Georgetown… “¡Y me dijeron que había quedado!”.

[Lucía en Georgetown University]

El proyecto que Lucía Chuquillanqui presentó en Georgetown es Malquerida. Al preguntarle sobre Malquerida el rostro de Lucía se ilumina.

Tras enfrentarse al hecho de que los medios de comunicación y las historias que se cuentan son, en su gran mayoría, manejadas sólo por hombres, Lucía junto con tres compañeras fundaron Malquerida, una plataforma digital en español, creada, producida y graficada enteramente por y para mujeres y que busca empoderar y alentar a las mujeres a escribir más sobre temas importantes y crear las mejores piezas de periodismo. “Lo que hacemos es conectar a mujeres que quieren escribir y desarrollar sus historias con nuestras editoras y darles una plataforma para publicarlas.”

Al crear Malquerida, Chuquillanqui y el resto del equipo, buscaba no sólo darles una voz a las mujeres con ansias de contar historias sino también crear textos de calidad y nuevos referentes editoriales. Y, aunque no lo esperaban, empezaron a ganar premios. “Nuestro primer premio vino con una historia que se llama ‘Cama adentro’, sobre la situación de empleadas domésticas en Perú, y nos lo dio la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano por periodismo sobre desigualdad”, explicó Lucía. “Este reconocimiento vino acompañado de un premio en efectivo para elaborar una investigación sobre la situación de las relaciones forzadas durante el gobierno de Alberto Fujimori y ese fue nuestro primer quiebre que nos hizo creer que de hecho estamos haciendo algo bueno”.

Lucía y sus socias siguen trabajando para hacer crecer la plataforma y tener un mayor impacto, en el que más mujeres puedan contar sus historias, porque para Chuquillanqui “en el contexto histórico actual, la perspectiva y la experiencia de ser mujer son muy distintas de las de un hombre y necesitamos que se cuenten más historias desde nuestra voz. No importa de quién sea esa voz, con tal de que sea desde nuestra voz como mujeres, porque creemos que cualquier tema es un tema que nos involucra, cualquiera; al final del día somos la mitad de la población mundial.”

[Presentación de Lucía en la GCL “Somos la mitad de la población. Así que representamos la mitad de la imaginación. No queremos ver cómo el mundo desperdicia el 50% de su potencial creativo”.]

Sin embargo, el objetivo final de Malquerida es dejar de existir. “Seguiremos escribiendo historias desde las voces de mujeres a menos hasta que la brecha de género en el área se cierre y así ya no seamos necesarias”.

Pero Malquerida no fue de lo único que Lucía predicó durante su paso por Georgetown. “Yo me quedo con la satisfacción de que todos ya saben lo que es Fe y Alegría. De los 33 líderes, creo que lo que dirían de mí es que: soy feminista, que vivo en San Juan de Lurigancho y que soy de Fe y Alegría. Porque muchos de mis compañeros y compañeras están interesados en temas educativos, entonces yo les hablé de Fe y Alegría y de su modelo educativo y les decía que para tener un impacto real es necesario partir desde la educación primaria de niños y niñas en los barrios. La educación es un derecho y es el derecho más importante que deberíamos exigir tanto a los gobiernos como a las instituciones públicas y privadas”.

“Tenemos que seguir trabajando para modelos como Fe y Alegría. Debemos estar muy orgullosos de hablar de Fe y Alegría. Animo a más chicos y chicas de Fe y Alegría que cuenten sus historias también. En un mundo donde estamos tratando de acortar las brechas, modelos como el de Fe y Alegría deben ser más conocidos. Somos Fe y Alegría”, afirma Lucía.

[Lucía durante el programa GCL]

Llegar adonde ha llegado se cuenta fácil pero el camino de Lucía no ha sido sencillo. Además de las barreras económicas y el hecho de librar una lucha interna constante para no limitarse a sí misma, Chuquillanqui ha tenido que aprender a lidiar con la competitividad y el rechazo. “Durante todos estos años he aplicado a un montón de programas, buscando trainings, buscando más experiencia en el extranjero, para también hacer crecer mi currículo y tener mejores oportunidades laborales; porque, al final, para los que venimos del barrio cerrar la brecha implica poder hacer más dinero para poder ayudar a nuestras familias. Yo he postulado a muchísimas [pasantías] y me han rechazado de muchas. Pero ya no me ponen tan triste los rechazos, porque así como he sido rechazada de muchísimas a las que he aplicado, también me han aceptado en varias. Y ha sido una gran experiencia de aprendizaje para mí. No nos asustemos por los ‘no’, yo he recibido muchos ‘no’ en mi vida pero también he recibido algunos ‘sí’ muy importantes que han cambiado mi vida que me han ayudado a estar donde estoy”.

A Fe y Alegría le agradece su educación, su identidad y el sentido de pertenencia que tiene con San Juan de Lurigancho, ya que ellos le enseñaron que “el barrio no te limita, puedes ser lo que quieras”. No obstante, Lucía señala la importancia de trabajar duro. “No es que puedes ser lo que quieras y va a caer del cielo, sino que hay que trabajar por nuestros sueños con las herramientas que te da la educación y, en mi caso, Fe y Alegría. Yo tengo muchos compañeros de Fe y Alegría que se han quedado en el barrio y ahora son empresarios exitosos, han invertido su dinero en productos textiles, han abierto sus propias empresas, han comprado sus flotas de autos y motos para taxis, y tienen un sentido de pertenencia con la comunidad. Porque no todos los sueños son iguales, pero sí creo que la gente de Fe y Alegría vuelve y defiende la escuela y su modelo educativo por las oportunidades que les ha brindado a ellos y a sus futuras generaciones”.

Pero así como es importante trabajar duro para conseguir los sueños, Lucía recalca que también se deben crear oportunidades y anima a todos a exigir el derecho a la educación para todos. “Tenemos que tener claro que sí tenemos algo a nuestro favor y es que nadie ha vivido nuestras condiciones, y a veces vivir nuestro día a día es mucho más difícil o complicado que estudiar para un examen. De dónde somos y de dónde venimos puede ser nuestra mayor ventaja y debemos saber cómo capitalizarlo con un montón de esfuerzo y capacitación”, afirma Lucía. “Yo siempre trato de hablarle más a las mujeres, porque si sí es cierto que hay una brecha educativa que cerrar, hay una brecha de género aún más grande, y por lo tanto mi mensaje va más dirigido a las mujeres que la educación y las oportunidades también son para nosotras, y nos va a costar más, pero puede tener resultados muy interesantes. Tenemos derecho a la educación”.

Lucía sigue buscando oportunidades para prepararse en los EE.UU. pero sólo se imagina trabajando en su país. “Yo quiero revolucionar las políticas públicas del Perú al incluir a las mujeres desde el inicio de la concepción de un proyecto sin forzar nada. Hay que repensar nuestras políticas públicas, porque hemos creado nuestros gobiernos desde una perspectiva de hombre.”

Después de haber aplicado a seis programas de Maestría en los Estados Unidos, Lucía ha sido aceptada en cuatro. En septiembre de 2018, comenzará su Maestría en Relaciones Internacionales en Syracuse University.

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